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por Edi Torcito
Como todo escolapio mexicano seguramente sábelo, de 1521 a 1824 –más de tres siglos– lo que hoy son los Estados Unidos Mexicanos existió como Virreinato de la Nueva España, cuya forma de organización económica era colonial y ajena a los habitantes originales de tan extenso ámbito geográfico (más de cuatro millones de kilómetros cuadrados), dominada por los intereses de España y españoles y de los criollos o novohispanos. Ellos se repartían el enorme pastel y monopolizaban la producción de riqueza mediante el comercio interno y externo y la industria local.
España, pues, dominaba la vida económica de la colonia y, por tanto, la política e inclusive la social. La cultura colonial era de exacción brutal. La Nueva España era un coto cerrado al mundo, pero abierto únicamente a los intereses comerciales, financieros e industriales de España. Hoy, esos intereses dominan la economía de México, la ex-colonia, y ejercen una modalidad de colonialismo en el entorno de la globalización, y que no es otra cosa que un fenómeno de emergencia y expansión financiera y bancaria y comercial de servicios de los grandes consorcios trasnacionales.
El poder trasnacional saquea impune y cínicamente a países como México, cual se observa en el caso de los consorcios trasnacionales españoles a los que el Estado mexicano ha cedido, a cambio de nada, la soberanía nacional.
La Nueva España rediviva, ¡joder!
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