|
por Fausto Fernández Ponte
I
La promulgación de la llamada Ley de Despenalización del Aborto —en realidad, reformas a los códigos Penal y de Salud del Distrito Federal—, es un hecho acerca de la cual los mexicanos continuaremos reflexionando durante mucho tiempo.
Las reflexiones serán profundas en gradación variopinta, pues la importancia del asunto en la vida real, la sociocultural, de los mexicanos —mujeres y hombres— se ha mostrado como insoslayable. Nos afecta a todos, sin duda alguna.
Y es que la aludida Ley fue realizada en un entorno social y político de controversia, atizada digamos artificialmente mediante los gritos y sombrerazos de la vertiente católica del cristianismo organizado, históricamente la más antisocial.
La ley, dicho coloquialmente, llegó para quedarse. Es decir, su promulgación y, por tanto, su vigencia son realidades factuales, jurídica y socialmente insoslayables. Le creó un marco jurídico a una realidad sociocultural de largo tiempo establecida.
Amén de esa premisa para la reflexión, identifícanse otras, conformadas con arreglo a nuestros propios miedos individuales y colectivos, históricos y actuales, alimentados por ignorancia y sus hijas biológicas, el prejuicio y las creencias y los dogmatismos.
La ignorancia, señálese, es a la vez causa y efecto. Es causa de nuestro gran atraso social —y, en general, político y económico— y es efecto, precisamente, de esa misma condición, la del subdesarrollo de nuestro registro del universo, la vida y al hombre.
Esa ignorancia —que pensamos, cabría insistir, es premeditada con fines de dominación del pueblo de México por poderes fácticos duchos en la simulación y la manipulación de los medios de control social— es el sustrato de nuestra cosmovisión.
II
Las premisas mayores adicionales de cualesquiera procesos reflexivos de este hecho —el de la despenalización del aborto en el Distrito Federal— que hagan un claro de objetividad en la jungla de emociones y sentimientos, son las que siguen:
1) Sienta un precedente no sólo legislativo, de naturaleza jurídica, sino también social y, diríase sin tapujos, cultural. Los juicios de valor acerca de ese precedente son, predeciblemente, secuela del sentir y el parecer de cada quien, mujeres y hombres.
2) Es, pues, un asunto que atañe a todos, mas no por las razones aducidas por grupos de interés y de presión —como la Iglesia Católica y los de la derecha en el espectro ideológico mexicano—, sino por algo de enorme trascendencia: la liberación de la mujer.
3) En México, como en la inmensa mayoría de los países, la mujer vive bajo una opresión. Este vitalísimo segmento demográfico carece de conciencia de su estado de dominación y sometimiento ancestral —histórico— y presente por el varón.
4) La forma de organización social inclusive, así como la económica y política prevaleciente en México —y en casi todos los países— fue cincelada en el decurso de la historia por imperativos masculinos, en función central del interés del varón.
5) La forma de organización social prevaleciente en nuestro país tiene, en el seno familiar, un eje central en la mujer —la madre—, pero esa condición maternal, con sus deberes inherentes, se ejerce en condiciones que bien podríanse calificar de inhumanas.
En México, la mujer representa un papel cultural e identitario que la sitúa como fuerza de trabajo explotable y, de hecho, explotada a ultranza, con modalidades aberrantes de esclavitud. El hogar —la familia— y la sociedad la esclavizan.
En ese sentido, la despenalización del aborto en el Distrito Federal trasciende diríase que transversalmente —a lo largo y ancho y de arriba a abajo— su naturaleza actual de hecho y adquiere el de detonante de una toma de conciencia en la mujer.
III
Trátase, no huelga la salvedad, de una toma de conciencia social, política, económica y cultural, la de que la mujer tiene, en lo individual y, sobre todo, en lo colectivo, un enorme poder dormido, secuestrado, utilizado arbitrariamente por el varón.
Y ese uso no siempre ha beneficiado a la mujer; lo opuesto, le ha servido al varón para conservar y acentuar ese dominio sobre la mujer, mantenedora, como dijo alguna vez un Presidente de la República en la Dictadura Perfecta, del fuego sagrado de la patria.
Pero mantener el fuego sagrado de la patria es atadura y es esclavitud, dicho lisa y llanamente. Por ello, la misma Iglesia Católica se opuso en la década de los cincuenta, al reconocimiento constitucional del derecho de la mujer a votar y ser votada.
Hoy se opone a las reformas a los códigos Penal y de Salud del Distrito Federal por las mismas razones: la liberación de la conciencia de un segmento poblacional que conforma el cimiento de la grey católica. La Iglesia es una institución de varones.
Y esos varones —religiosos y laicos— influyen en el Estado, institución establecida desde la cosmovisión masculina, y en las demás expresiones de poder formales y fácticas. El varón le teme a que la mujer se libere. Le espanta la liberación de la mujer.
Esto nos lleva a la genéricamente identificada como Ley de Despenalización del aborto. Si la mujer se libera —toma conciencia de su situación y ejerce su potestad numérica, de mayoría— el paso siguiente es predecible: organizarse como fuerza social.
Y, secuencialmente, organizarse en fuerza política, lo cual mueve ya a pesadillas a no pocos varones que asocian la organización social y política con partidos y con la conquista del poder. ¿Un país regido por mujeres? Impensable para muchos.
Mas, ¡quiá, no! El nazi Ratzinger y el fascista Norberto Rivera —Papa y cardenal de México, respectivamente— pensarían, a no dudar, que el demonio utiliza a la mujer mexicana. Y no pocos laicos lo creerían también. La mitología religiosa es insidiosa.
Glosario:
Duchos: Experimentado, diestro.
Grey: Congregación de los fieles cristianos bajo sus legítimos pastores. Conjunto de individuos que tienen algún carácter común, como los de una misma raza, región o nación.
Quiá: Voz familiar con que se detona incredulidad o negación
ffponte@gmail.com
http://www.diariolibertad.org.mx
|