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El 25 de febrero de este año, en Celaya, del Guanajuato que Felipe Calderón se proponía extender a todo México, la empresa estadounidense PepsiCo anunció inversiones en México por 3 mil millones de dólares los que se invertirán en un periodo de cinco años, según anunció la presidenta mundial de la compañía, Indra Nooyi.
Entonces, Calderón declaró: “Yo personalmente como mexicano, como persona y como Presidente, estoy convencido que ésta es no sólo una buena noticia, sino que es la noticia más importante del país; habrá quien lo considere así o no, y en un país libre como es México todas las opiniones son respetables; habrá quien considere que habrá otras más importantes. Esta es una noticia importante”.
El mensaje era para nulificar las noticias del tsunami económico que azotaba todo el planeta, pero que en México el gobierno federal se empeñaba en minimizar, alegando la fortaleza de la economía mexicana, e ironizando que la pulmonía registrada en Estados Unidos con la quiebra mayúscula de sus emblemas financieros, para México sería un simple "catarrito".
Calderón se ufanaba de que la inversión anunciada era importante porque “en un contexto de incertidumbre económica que está asolando al mundo y particularmente a Estados Unidos de América, donde está asentada esta compañía y que afecta a otros países, incluido México”, se destinan inversiones al país.
Pero en vez de que tal "inversión" consolidara "la fortaleza económica" del país, o por lo menos aminorara las consecuencias de los problemas "de afuera", la situación se deterioró, especialmente después del 5 de julio, cuando Calderón y su partido chocaron con la realidad que se habían negado a ver. El país no les creyó ninguna de las mentiras que difundieron y los espejismos de grandiosidad económica que propagaron. Lógicamente, no hubo "inversiones" que justificaran el optimismo que se insistía en propagar.
Hoy que el secretario de Hacienda, Agustín Carstens, anticipa un "shock económico" por el enorme bache en las finanzas públicas que dicen fue consecuencia de los males de Estados Unidos, la Coca Cola entra al quite y anuncia, como Pepsi, otra multimillonaria inversión... a cinco años. De inmediato, sólo el anuncio. El dinero... despuecito.
Pero tal inversión no viene de afuera, con recursos frescos para aliviar la crítica situación mexicana, sino que correrá por cuenta de las embotelladoras nacionales, según anunció el presidente mundial del coloso refresquero. De su tesorería no saldrá un solo centavo.
Como en México Coca Cola significa FEMSA, del Grupo Monterrey, dueño también de las cervecerías Cuauhtémoc y Moctezuma, y éste acaba de recibir un "rescate" gubernamental para cubrir sus deudas en dólares (como el que en tiempos de López Portillo recibió de Banobras, que tanto censuró el padre de Felipe Calderón), lo más probable es que tal "inversión" deba salir también en forma de préstamos de las arcas públicas, tan menguadas por los "fideicomisos privados" alimentados con recursos públicos, que puso de moda Francisco Gil Díaz, cuando estuvo manejando Hacienda en tiempos de Vicente Fox.
O sea, que tales inversiones gigantescas van a resultar como los spots de los que vive el PANdillerismo: pura ficción para dormir y engañar a los incautos y "adornar" a Felipe Calderón con anuncios rimbombantes.
O sea, puro cuento. La realidad sigue siendo atroz.
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